18.10.20

Animal #18


Muy en lo Profundo

Historia: Zirijo


I

Antes.


     Está todo oscuro, y me ahogo. Ha pasado bastante desde que me lancé al torrente de agua en aquella cueva en los límites de Agartha. He encontrado el barril que contiene a mis amigos y fieles súbditos, pero ya casi no puedo aguantar el aire. Esta oscuridad no puede albergar mi muerte, debo volver con Serani… con mi gente.

 

            No hay otro lugar donde ir, que no sea hacia arriba. Una roca con la que he tropezado me ayuda a orientarme. Siempre es más difícil bajar que subir bajo el agua, así es que me dejo llevar por mis instintos, y voy hacia donde creo que está la superficie. Apenas alcanzo a ver borrosamente mis manos delante, cuando mi cuerpo no puede seguir procesando el aire que tomé bajo tierra.

 

            “¡No! Debo seguir nadando… debo…”

 

            Cuando la mitad de mis pulmones están llenos de agua salada, anquilosados órganos jamás usados antes se activan, y raras llagas se abren y cierran entre los cabellos que cubren mi cuello. Mi nariz se bloquea, y puedo pensar con calma nuevamente. Siento mis agallas dejar pasar el aire a gran velocidad, y devolverlo como si hubiesen funcionado de toda la vida. Las toco con mis manos, y amarro mi melena para dejarlas trabajar.

 

            —“¡El barril!” —recuerdo.

 

            Tengo a mis amigos encerrados aún en el barril, y de todos modos no sé si están vivos adentro. No puedo arriesgarme a abrirlo y sentenciarlos a morir ahogados en el fondo del océano. Debo seguir nadando.

 

            Cuando mis pensamientos son tan oscuros como el agua que apenas dejo atrás, un movimiento, unos golpes se sienten dentro del barril. Golpeo para esperar una respuesta de vuelta, y la tengo. No sé cuantos están vivos, adentro… no sé si abrir el barril.

 

            Los sonidos son distintos, y de distintas intensidades. Se han dado cuenta que estoy afuera. No es hasta que reconozco que tocan la canción de marcha en Agartha, la misma que Kongo hizo tocar allí antes del enfrentamiento con Drilón, me doy cuenta que él sigue vivo. Los otros golpes son desordenados, uno más suave y otro con mucha fuerza. Lo decido, tengo que abrir el barril.

 

            Voy hacia la “tapa”, que tiene una gran cerradura y la destrozo con los dientes. Abro el barril, y mis amigos salen nadando desde dentro. El agua había invadido el dispositivo, ya que no era una versión perfeccionada, pero sin duda la cubierta resistente de Agarthita los protegió de las fuertes presiones a esa profundidad. Usaban los “respirapeces” que traía Ra’na. Imagino que lo tomó antes de entrar al barril. Es imposible comunicarnos acá abajo, y Kongo apenas puede mantenerse flotando, pero de todos modos estamos vivos.

 

II

 

            Reviso entre mis ropas, y recupero el pergamino escrito en huesos, el motivo por el cual estamos aquí. Mucho más temprano que tarde, pero es por el contenido de estas clavículas que decidimos emprender la travesía.

 

            Rompemos el barril, y conservamos algunas tablas, para poder comunicarnos entre nosotros.

 

            “Busquemos a los atlantes”, escribo en una.

 

            “¿Dónde?”, escribe Kongo.

 

            Señalo hacia adelante, donde puedo oler que se mueve una gran cantidad de peces. Nadamos en esa dirección por bastante tiempo, pero es imposible saber cuánto tiempo ha pasado desde que estamos bajo el agua. Esta es un poco más clara que la del fondo, pero arriba no se alcanza a distinguir nada, solo una bóveda de agua. No muy lejos nos detenemos en una saliente, creo que estamos saliendo de una fosa muy profunda, porque a nuestro horizonte se extiende una vasta planicie de fondo marino. El más alegre es Kongo, que se sienta a descansar un rato. Estamos todos exhaustos, pero es Kongo el que más ha tenido problemas para seguirnos el ritmo nadando.

 

            Huelo algo. Se acercan dos animales nadando muy rápidamente. Cuando logro verlos entre el agua, los reconozco. Son un par de delfines.

 

            Le hago señas a Ra’na, B’horn y a Kongo, y trato de hablarles. Un sonido muy bajo de onda sónica sale de mi garganta. Los delfines se detienen y nos miran. Emiten sonidos que no alcanzo a entender y nos rodean. Nos huelen desde lejos, y vuelven a hablar.

 

            —“….extraños”… —alcanzo a oír entre los sonidos. Es primera vez que intento comunicarme con criaturas submarinas.

 

            Los delfines se alejan nadando a suma velocidad, en la misma dirección en la que venían, desde enfrente de nosotros.

 

            “¿Qué preguntaste?”, escribe B’horn

 

            “Ayuda”, escribí con mis garras en la madera.

 

            Seguimos avanzando, decidimos seguir a los delfines, y nadamos lo más rápido que pudimos. A veces Kongo prefería darse impulso con el suelo bajo nosotros, pero a veces tomaba caracoles, o peces que estaban ocultos en la arena.

 

            Seguimos más adelante, cuando la gran meseta terminaba, y dimos con un despeñadero. Al otro lado, vimos cómo se alzaba una edificación de rocas y coral. Una torre con una punta afilada, muchas ventanas. Era como la continuación de una roca que se alzaba para vigilar el profundo océano que se abría en frente. Ni tierra, ni roca, ni nada había más allá de aquella torre. Solo océano de un azul/verde turquesa.

 

            Decidimos investigar, pero cuando nos lanzamos nadando hacia la torre, por debajo de nosotros, pasaron nadando a una velocidad impresionante dos criaturas humanoides, con rasgos de peces. Armaduras brillantes de perla, y lanzas con punta muy afilada, con un cristal que emitió una onda paralizante nos apuntaban. El hormigueo que nos produce el arma comienza en la punta del pie, y termina en la base de la columna. Nos gritan. Entiendo.

 

            —“¡Intrusos! Son prisioneros del rey Arcon II, señor de la Atlántida”.

 

III

 

            Los sujetos que nos mantienen capturados son de figura estilizada, de colores azulosos y verdes, con rostros parecidos a peces, y escamas. Hay otros, que llegan luego de que somos sometidos y encerrados en la torre, de forma humanoide y con pocas escamas visibles. Estos visten de colores más variados. Usan blancos, lilas y rojos. Son distintos, los tratan distinto. Otros sin embargo, al moverse de un lado a otro, generan grandes y veloces tumultos de agua, que se desplazan de un lado a otro. Ellos también son tratados diferente. Estoy aislado de mis compañeros. Nos separaron cuando nos llevaron paralizados a la torre que habíamos visto.

 

            —Tus amigos son incapaces de decirnos nada —dijo uno de los soldados coloridos, humanoide. Está muy interesado en mí, porque a diferencia de los agarthianos nacidos, yo puedo respirar sin unos de los “respirapeces” de Ra’na.

 

            —¡Déjalos libres! —ordeno, pero no entienden. Hablo como hablé con los delfines que vimos antes. Nada.

 

            —¿Quiénes son ustedes? ¿Qué son ustedes? —me pregunta, casi como preguntándose a sí mismo, incapaz de darse cuenta que puedo entenderlo. Yo tampoco sé cómo puedo comprender sus palabras, pero no quiero que mis leales amigos paguen por mi espera.

 

            —¡Somos agarthianos! ¡Soy rey de Agartha! —exclamo furioso a través de los fuertes barrotes de mi prisión.

 

            Luego de sesiones interminables de tortura con sus armas paralizantes, sigo insistiendo, repito de todas las formas posibles: “¡Soy agarthiano! ¡Soy rey de Agartha!”, hasta que uno se detiene. Es uno de los soldados rasos, encargado de las tareas menos placenteras, como esta.

 

            —¿Agarthiano? —pregunta, tratando de darle sentido a mis palabras. Es como si hubiese encontrado una pizca de conciencia en una criatura torpe en el agua, e incapaz de defenderse.

 

            Asentí con la cabeza, adolorido, agotado.

 

            —Debe estar loco… los agarthianos son nuestros antepasados… son antepasados de los ciudadanos trabajadores —respondió el chico. Se veía joven. Nunca antes había visto a algo o alguien que no perteneciese al océano.

 

            —¿Y qué somos entonces? —pregunté, emulando la manera en que lograron entenderme.

 

            Callaron los tres soldados que poblaban la sala. Uno salió de inmediato a dar aviso a sus superiores. Un buen soldado. Los otros no supieron que hacer, simplemente me apuntaban con sus lanzas dispuestos al ataque.

 

            Ese colorido que estaba había demostrado mucho interés en mí, entró apresuradamente a la habitación. Estábamos en pisos inferiores de la torre, incrustados en la roca, ningún sonido podía salir de aquí, por más crudo o cruel que fuese.

 

            —¿Agarthiano, dices? —preguntó.

 

            —Agarthiano —respondo.

 

            Su expresión es de rabia. Hace unos gestos que no entiendo y soy llevado a mi celda. El castigo termina por hoy.

 

IV

 

            En los días siguientes todos pasaron a ver mi celda. Nadie podía estar indiferente a que había cuatro agarthianos encerrados en una torre de vigilancia atlante. El más interesado, aparte del colorido atlante que estaba a cargo, era el primer soldado que me entendió. Se paraba por horas mirándome fijamente. Estoy muy cansado como para hablarle, pero lo huelo, parado ahí. Me incorporo a veces, y sigue ahí. Ya pasados cuatro días puedo recuperar fuerzas.

 

            —¿Mis amigos están bien? —le pregunto.

 

            Asiente con la cabeza.

 

            —¿Por qué estás aquí? —ya más tranquilo—. ¿Por qué no dejas de estar ahí parado?

 

            El chico se resiste en responder. No es bien visto entre los soldados dialogar con los prisioneros.

 

            —¿Es cierto que son Agarthianos? —me pregunta tímido, casi arrepentido por sus palabras.

 

            —Si muchacho… somos agarthianos… soy el rey de Agartha.

 

            —¿Y por qué ustedes no respiran agua? —pregunta, acercándose un poco a la celda.

 

            —Porque nosotros no vivimos bajo el agua —respondo, agotado.

 

            —¿Cómo es posible que ustedes sean nuestro ancestros? —pregunta nuevamente, cada vez más cerca.

 

            Recuerdo la historia que me contó Serani, sobre aquel cuento que dice que había agarthianos que vivían con atlantes hace mucho tiempo. Este chico debe estar hecho con sangre agarthiana.

 

            —Porque hay más como yo, debajo de la tierra… escondidos de la vista de todos —le digo, apenas pudiendo sostenerme.

 

            La mirada del chico explota en curiosidad. Toma firmemente la lanza. No es tonto. Se acerca para verme mejor. Mi apariencia debe ser exacta como la de un vagabundo. Hay plantas que crecen en mi pelo, y una película pegajosa me cubre.

 

            —Según dicen —comienza a hablar—, hay atlantes que descienden de una antigua raza de habitantes submarinos, los agarthianos, y somos los más cercanos al océano. Somos nosotros los que hacemos las tareas más pesadas… somos nosotros los que recorremos las grandes distancias para llevar las noticias entre las ciudades…

 

            —¿Ciudades? —lo interrumpo—. ¿Hay más ciudades que Atlántida?

 

            —Atlántida es el nombre de nuestro reino, en honor a la primera ciudad, pero son siete ciudades las que componen el reino. Lideradas por Poseidonis… la ciudad de Arcon…

 

            —¿Qué estás haciendo? —pregunta un soldado que aparece por la puerta—. Vete, el comandante te llama —ordena.

 

            —Si señor —obedece, dirigiéndose inmediatamente hacia donde lo mandan.

 

            —Hey, tenemos planes para ti —me dice.

 

V

Ahora.

 

            Se produce un gran alboroto afuera de la cámara de mi celda. Entra el colorido atlante, acompañado por el chico que estaba hablando conmigo. Un gran número de soldados está afuera, de todos los tipos, de todos las cargos que sostenían la organización de aquella torre.

 

            —Los únicos que pueden entenderte, son los soldados rasos, bestia —critica el comandante con tono de superioridad—. Dile que despierte, soldado.

 

            —Despier… —dice el joven soldado antes de que lo vuelva a interrumpir.

 

            —Ya lo entendí… me costó semanas, pero ya estoy hablando su lengua —respondo, mirando en todas direcciones.

 

            —JA, muy bien, entonces ya no necesitaremos a este “sangresucia”. Lárguese soldado, ya no lo necesitamos —le ordena sin la decencia de al menos mirarle a los ojos.

 

            —Si, señor —responde el soldado, que parece molestarse por el apodo, y me mira con algo parecido a la compasión.

 

            —Quiero ver a mis súbditos…. Exijo verlos.

 

            —Tu forma de presentarte y de llegar hasta territorios que no son tuyos, no es propio de un rey, como el que te haces llamar.

 

            —Mis súbditos…

 

            —Ellos están bien, ya hemos tenido prisioneros que respiran aire… no se preocupe por ellos, “alteza” —dice, burlándose.

 

            —Soy el rey Animal de Agartha, y exijo ver a Arcon II.

 

            —Si, “su alteza”. Mañana verá a un verdadero rey… al rey de la Atlántida.

 

Continuará…


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