17.5.20

Fuego #9


"Días Perdidos" (2 de 4)
Historia: Zirijo


Un año antes de la guerra.-

—Has herido a uno de los nuestros, debes pagar por tu crimen —dijo el Maestro Escorpión, sosteniendo a Justin Smith por los brazos.

—¡No, espera! Tú me obligaste a hacerlo… no nos detuviste… —reclamaba el joven.

—Es la ley —respondió Escorpión—. Háganlo.

Justin entró en desesperación y comenzó a encenderse en llamas, pero esto no afectaba el sólido concreto que remplazaba la piel del Maestro Escorpión, quien lo apresaba como una avalancha. Un fierro muy caliente en forma de escorpión tribal se acercaba incandescente hacia el brazo derecho del Hombre de Fuego, que no podía moverse, por la fuerza constrictora de los dedos de Escorpión. El fuego que traía la vara era distinto al que producía el cuerpo del joven Justin Smith, era un fuego oscuro, con odio, alimentado por las ansias y la violencia de todo un pueblo dispuesto a pelear. Un fuego macabro, un fuego que se aposaba en el brazo de Justin, dejándolo realmente adolorido.
Justin perdió su forma ígnea, que se fue con su conciencia, pero en su brazo, el tatuaje del escorpión ardía… y nunca iba a dejar de hacerlo.

I

Hace seis meses. La guerra.-

Ellos se dirigían a la frontera con Estados Unidos para detener esta locura. Los Metal Knights proporcionaron a los últimos miembros de Defensores Unidos que quedaban en Eria, de su mayor capacidad tecnológica para apoyarlos en la operación. Blackbird, el Hombre de Fuego y Quick estaban una vez más reunidos.
Adelante la playa, y una columna de humo. Quick los esperaba, cuando Adam y Justin descendieron a la playa de Haulover, Miami. Las palmeras y los edificios se acompañaban de una larga columna de humo y unos extraños barcos que volaban, alejándose a toda velocidad.
Luego de un intercambio de palabras con tres sujetos de la seguridad nacional de los Estados Unidos, uno de ellos, conocido como The American Dream, se abalanzó contra Blackbird.
Justin, al ver a Adam, se encendió en llamas, y Quick preparó carrera, al ver las acciones de sus compañeros. Blackbird, Adam Johnson, evitó ser atrapado por el estadounidense, apretando su mano derecha con tanta desilusión y enojo, que se dirigió directamente al rostro del sueño americano, transformada en un fuerte puñetazo*.
El Hombre de Fuego, en el breve instante, un fugaz segundo, en que nadie supo qué hacer, preguntó a través del comunicador/espejo que los tres portaban:

—Chicos… ¿Saben ustedes lo que es el fuego?

Blackbird y Quick no supieron qué responder, y lo miraron, uno completamente y el otro de reojo.

II

Un año antes de la guerra.-

—¿Sabes lo que es el fuego? —preguntó nuevamente el Maestro Escorpión a Justin Smith, el Hombre de Fuego.

Ambos se encontraban dentro del templo. Escorpión ocupaba un gran montículo, en forma de pirámide sin cima, para sentarse, como un trono, mientras que Justin lo observaba desde el piso, de pie.
Desde el brazo del joven Smith nacían llamas, aunque él no estuviera transformando en su forma ígnea. Hace tres días había quemado en una prueba a uno de los estudiantes de Escorpión, y él seguía en estado de inconsciencia. Fue castigado como acuerdan las normas de la disciplina, como dictaba Itprom.
El templo no tenía ningún tipo de arreglo desde que todos tenían memoria. Aún usaba luces de antorchas, en vez de alumbrarlo con la energía que procedía del motor que la aldea había adquirido hace unos diez años. Uno de los Guerreros Escorpión de antaño lo trajo, para poder hacer la vida de los aldeanos más llevadera. Ningún aldeano del pueblo de los escorpiones podía hacer abandono de esta tierra. Sólo los Guerreros podían, y si alguien osaba a hacerlo, no tenía el derecho de regresar jamás. Era por eso que los habitantes del pueblo estaban muy desfasados en tecnología, materiales y ayuda del gobierno. Era un problema para el estado enviar ayuda, ya que al intentar acceder al pueblo, eran rechazados por sus propios habitantes. Era una isla en la historia, un pueblo hecho del pasado, con costumbres aún más viejas.

—¿Es un elemento? —respondió con una pregunta Justin.

—Tu hermano nunca se hizo esa pregunta, ¿no es verdad? —dijo el Maestro Escorpión, sin moverse de su trono—. Imagina las posibilidades… él fue un estúpido al no explorar todas las ventajas… el poder…

—No hables de mi hermano… —murmuró Justin, mirando al piso, sin ser capaz de enfrentar a quien había ordenado que le hicieran aquella marca, que ardía en su brazo.

—¿Qué? —preguntó Escorpión, sintiendo que se movía el aire del templo con las palabras a medio decir de Justin—. Tu hermano lo hubiera dicho fuerte y claro.

—No me compares con George… —dijo Justin un par de tonos más alto.

—¿Me estás hablando? Tu hermano…

—¡¡YO NO SOY GEORGE!! ¡¡NO ME COMPARES CON ÉL!! —gritó Smith, interrumpiendo al Maestro Escorpión.

Siempre había tratado de ser como él… toda la atención, todo el reconocimiento… de ser como él… pero ahora, le avergonzaba estar donde estaba… Su hermana, y el propio George, lo hicieron entrar en razón…. Ahora odiaba la comparación odiosa… se odiaba por haber seguido a Escorpión.

—Eso es el fuego, niño —dijo Escorpión. Se levantó y caminó a la salida del templo. Afuera estaban los estudiantes estirando, esperando al Maestro—. Se te está prohibido reunirte con los otros estudiantes, niño fuego, el templo será tu lugar de entrenamiento, y podrás usar el comedor cuando todos se hayan ido —ordenó.

Justin quedó pensando un instante. Calmó su enojo, y se estremeció por el dolor de la cicatriz. Era imposible taparla, las vendas entraban en combustión al tocar la herida. Luego salió, siguiendo a Escorpión para no quedar solo, pero ni éste ni los estudiantes estaban a la entrada del templo. De hecho, no se veía nadie alrededor.

III

—¿Sabes lo que es el fuego? – preguntó el Maestro Escorpión al siguiente día, cuando Justin abandonó el establo e hizo ingreso al templo.

En la mente del Joven de Fuego se cruzaban distintas preguntas, todas en relación con su vida, sus decisiones y el entrenamiento al que lo sometía Escorpión. Todavía se preguntaba por qué no se encendía en llamas y se largaba de aquél lugar de pesadillas. Pero algo lo motivaba a seguir aquí, a aguantar la tortura a la que su nuevo maestro lo sometía. ¿Qué es ser fuerte? ¿Cómo puedo ser fuerte?

—Es la furia —respondió Justin, envuelto en aquél sentimiento.

—¡¿Esto es el fuego?! —gritó Escorpión abalanzándose contra Justin, luego de un momento de pensar la respuesta de su estudiante—. ¡¿Esto es el fuego?! —gritó nuevamente.

Luego de haber dado un gran salto, desde el trono del templo, hasta donde se encontraba Justin, Escorpión dejó un gran cráter en el suelo, al intentar alcanzar a Justin.

—¡¿Esto es el fuego?! —gritaba constantemente, mientras atacaba a Justin, con sus puños y cola de concreto. Era increíble cómo Escorpión podía mover esa cola tan pesada, revestida absolutamente por concreto, con tanta velocidad y fuerza. Trozos de templo salieron volando con el ataque de Escorpión, antes de poder asestar algún golpe Justin, quien quedó absolutamente arrinconado. Todo planeado, todo fríamente planeado en el calor del combate.

—RESPONDE!! ¡¿Esto es el fuego!? —gritó Escorpión antes de que Justin entrara en estado ígneo para proteger su vida. El dolor de la cicatriz cesó en el momento en que las llamas emanaron del Hombre de Fuego.

Con un gran esfuerzo Justin concentró el fuego entre sus brazos, para amortiguar los golpes de Escorpión, o para intentar aminorar el ataque. Pero no resultó.
Justin se elevó en vuelo por la esquina del templo, llegando al techo, mientras que Escorpión dio un salto, incrustando sus manos en el muro en llamas, tomando impulso y golpeando al defensor. Cuando Justin se dio cuenta de la situación, el templo ya ardía. La madera antigua y completamente seca no tardó en incinerarse por completo.

—¡¿Estás loco?¡ Acabas de provocar un incendio en tu templo —dijo Justin, tratando de hacer entrar en razón al maestro encolerizado.

—Tú lo hiciste —respondió Escorpión dando el último golpe a Justin, lanzándolo fuera del edificio, atravesando la puerta y alejándolo del derrumbe inminente.

El edificio estaba completamente en llamas, y Escorpión se alejó caminando. Justin quedó mirando el templo que ardía, desconcertado.

IV

Al día siguiente, el templo sólo eran escombros y cenizas. Escorpión estaba sentado en el gran trono de piedra, donde su maestro, y los maestros de sus maestros se habían sentado por generaciones.

—¡Mira lo que has provocado! —exclamó Justin a Escorpión, mirándolo fijamente.

—Fue tu respuesta lo que provocó el incendio —respondió—. Eso con lo que alimentaste el fuego… Es tu responsabilidad.

—¡Tú empezaste a atacarme! —replicó Justin.

—Yo te ordené que no pasaras a tu estado de fuego —respondió el Maestro.

Justin no supo qué decir, pero estaba enojado.

—Esto pasa cuando confundes el fuego con el enojo. Nada de tu alrededor se salva de ser destruido.

La marca que llevaba en su brazo tatuado ardió, encendiéndose en frente de ambos.

—Concéntrate, llévalo a brazas inofensivas, deja que el fuego amaine... —ordenó Escorpión.

Justin lo miró con duda y dolor.

—Respira… la base para encender y apagar el fuego es la respiración. Intenta respirar con calma, y concentrarte en una sola cosa a la vez.

—Pero…

—Siempre hay un pero contigo… —dijo el Maestro—. Acepta tu soledad. El fuego, para ser el más brillante y magnífico, debe arder… y si ardes lleno de remordimientos y dudas, lastimarás a todos con tus llamas. Acepta tus habilidades… acepta que eres el Hombre de Fuego.

La respiración de Justin bajó de intensidad. Los recuerdos se transparentaban, pero nunca desaparecían. Es como si lo dejaran ver hacia adelante, alrededor. Las llamas bajaron, y el tatuaje fue brazas.

—La respiración es la base para entender lo que es el fuego —dijo el Maestro—. Ahora, vamos a las canteras, hay que levantar un templo nuevo.

V

—El templo anterior tenía el espíritu de los antiguos maestros —dijo Escorpión a Justin, mientras observaba la cantera del pueblo de los escorpiones. Hombres, mujeres y niños trabajaban acá, para poder labrar la roca y edificar en las montañas. Había cierta tecnología que aún escapaba del conocimiento de los habitantes del pueblo de los escorpiones, pero trabajar las canteras era la tarea principal por la que vivían estos hombres de la montaña.

—Cada persona que ayude a construir el templo, adornará con su esfuerzo y espíritu la obra de los Guerreros Escorpiones —seguía diciendo Escorpión—. Ahora, dirige el fuego.

—¿Cómo? —preguntó extrañadísimo Justin.

—El fuego es capaz de debilitar hasta la más sólida de las piedras… dirige tu fuego. Encuentra los puntos críticos. Ataca.

Justin vio la piedra preparada. Estaba sobre dos gruesos maderos y tenía una marca hecha con cincel. Pasó a su estado ígneo para usar su fuego, pero Escorpión lo detuvo.

—No, maneja el fuego, dirígelo… sólo de tus manos, sólo de tu boca… hazlo salir por donde tú quieras… no por donde el fuego quiera.

El joven de fuego no supo qué hacer. Pensó. Luego respiró. Pensó en sus manos, como un canal, una vía de escape. Pensó en el incendio, en lo que había generado sus dudas. Los recuerdos seguían ahí, pero ahora transparentes… eran una ayuda, y no un estorbo. Cuando la imagen de su hermano y su hermana aparecieron ante él, supo que la comparación ya no era molesta…. Volvía a ser agradable. Pero ahora como ejemplo. Se percató que el dolor de la herida ya no estaba, y miró sus manos y estaban ardiendo en llamas.

—Eso… ahora, concéntralas, hazlas precisas, no las desperdicies.

Justin respiró nuevamente con calma. Las llamas se hacían pequeñas, pero no dejaban de tener intensidad. Entonces, de pronto, oyó un sonido, como el que hace el fuego a alta presión, y una llama muy densa y muy caliente salía de sus manos.

—Pósalas en la piedra, en la marca.

Haciendo lo que su Maestro le pedía, Justin puso las densas llamas en la marca, para cortar la piedra, pero no se veía gran cambio. Estuvo así por horas, pero la roca seguía igual...

Cansado, Justin agotó sus fuerzas, y dejó de hacer presión en la piedra, viéndola negra, por la intensidad de la llama.

—Mira —dijo el Maestro, levantando uno de sus dedos, y golpeando la roca suavemente. Esta se partió en dos, perfectamente, ante los ojos del joven de fuego, asombrándolo—. Ninguna victoria se obtiene de un solo golpe, Hombre de Fuego —dijo, levantando la inmensa roca con sus manos, y llevándola al pueblo.

Ese día, el sol se escondió en el pueblo de los escorpiones, con la primera roca del nuevo templo.


Continúa…

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*En "IMPERIO" #7



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